"Esta villa del Carril -decía Jerónimo del Hoyo en 1607- se començó a fundar habrá poco más de cien años. Fundáronla algunos vezinos del Padrón que venían a pescar junto dó está fundada". Aunque su puerto estaba ya habilitado desde 1512, sería a mediados del siglo XVIII cuando Carril llegaría a ser uno de los más importantes puertos de Galicia. En esta época las principales casas de comercio establecían aquí sus filiales. Especialmente ilustrativo de este hecho es un informe del juez de la época don Domingo Mareos que dice: "A la salida de esta villa y en término de su jurisdicción existe una fábrica o tenería de curtidos establecida en el año 1794 con Real aprobación, en el paraje que se denomina Brañas de la Area, de que es dueño don Ramón Pérez Santa María, vecino y el comercio por mayor de Santiago. En ella se ocupan (según informes) 30 personas además de otras que tienen a su cuidado y por su cuenta el acopio y venta de la corteza del roble; cuya fábrica sigue con buen éxito y aprecio de sus manufacturas." "Las mujeres de la villa, como puerto de mar, se ejercitan en el acopio y venta de mariscos que pescan sus maridos, hermanos, hijos y familia, y suelen ir a vender alguna parte de ellos a la villa de Padrón y ciudad de Santiago, especialmente en tiempos de Cuaresma." De este modo, Carril conocería en este siglo su época dorada como "puerto natural de Santiago". Fruto de este empuje de la burguesía compostelana, en 1801 se establecía en Carril una Aduana de segunda clase. En estos años se contabilizaban en la villa varias fábricas de salazón de la sardina, algunas de curtidos y otras de fundición, y a su puerto aribban frecuentemente importantes cargamenteos de lino y cáñamo, procedentes de Rusia, y de cuero, remitidos desde América, vía Andalucía y Portugal. Los primeros 30 años del siglo XIX, coincidentes con la constitución de los primeros ayuntamientos y con los intentos de la Diputación y de la propia Villagarcía de anexionar Carril a la anterior, fueron años de recesión, que no empezarían a superarse hasta que en la década de 1840 varias casas del comercio de Santiago se asociaron, iniciando así una nueva fase de intercambios mercantiles con América del Sur y del mismo modo, con los puertos más importantes de Inglaterra, Francia, Bélgica y Portugal. Tenía por entonces Carril 2.165 habitantes que se albergaban en 250 casas repartidas entre la Villa y los barrios de Fábreica, Sardiñeira e Isla de Cortegada, aunque dichas casas son de mala construcción, excepto unas seis que hay en la villa, espaciosas, cómodas y de buena arquitectura, e igualmente la Aduana; encontrándose también multitud de almacenes donde se depositan los géneros del comercio. A pesar de estos síntomas de recuperación, en las décadas siguientes Carril entraría en una época de decadencia, justificada por causas diversas pero, en esencia, porque la progresiva sustitución de la vela por el vapor, con el consiguiente aumento del tonelaje de los barcos, hicieron insuficientes sus instalaciones portuarias, situadas en plena desembocadura del río Ulla y constreñidas por la isla de Cortegada. Fue entonces cuando los comerciantes compostelanos empezaron a ver con mejores ojos otros puertos del litoral galaico como A Coruña, Ferrol, Vigo, o la misma Vilagarcía. Aunque hay que tener en cuenta que la construcción, entre 1862 y 1873, del ferrocarril compostelano supuso un respiro a esta situación de declive de Carril, lo cierto es que este mismo acontecimiento acentuó aun más sus lazos de unión con Vilagarcía, a quien Carril iba cediendo terreno paulatinamente su hegemonía como "puerto natural de Santiago". Se trataba de un proceso que se tornaría irreversible a partir de 1888, fecha en que se habilita el famoso Muelle de Hierro de Vilagarcía, cuya consecuencia más inmediata sería el trasvase gradual de las dependencias administrativas ligadas al puerto (Aduana, Junta de Sanidad, Casas Consignatarias, etc.) a esta última villa. Sin los importantes ingresos que generaba el puerto y los establecimientos mercantiles e industriales, el Ayuntamiento de Carril, como antes Vilaxoan, se fue encerrando en sí mismo hasta que en 1913, agobiado por las deudas contraidas con la Diputación y la Hacienda Estatal, además de unos impuestos municipales cada vez mayores, solicitó de mútuo acuerdo con las dos villas vecinas su anexión a Vilagarcía.